El Nicaraguense

Ya lo leistes? Un buen día me pregunté si habría algún libro que retratara a nuestra gente tal y como es, no estoy hablando de fotos, sino de algo más sublime, de algo mágico: palabras. Empecé a leer "El Nicaraguense" un pequeño y apasionante ensayo acerca de nosotros los nicas y terminé fascinado amando un poquito más a mi Nicaraguita.

Saturday, June 24, 2006

Viaje a la Costa


En agosto del 2004 MFEWS, una poderosa firma consultora gringa me envió a la Costa Atlántica Nicaragüense a través del Sistema Mesoamericano de Alerta Temprana para la Detección Precoz de Indicadores de Seguridad Alimentaria, y al cual debido a lo largo de su nombre terminamos llamando simplemente Sistema Mesoamericano. Me fui por Atlantic Airlines, “la gigante de la aviación nicaragüense”… bueno, en realidad un avioncito que tenía como estrategia para conquistarle clientes a su archirival “La Costeña” un paquetito de galletas de un peso, un vasito descartable de café, de esos pequeñitos, de poroplas y el periódico del día.

Como muchas cosas grandiosas en mi vida sucedió inesperadamente. Semanas atrás había ido a un taller de Antropometría con énfasis en Talla y Peso a Managua promovido por Acción contra el Hambre; por eso cuando en la oficina se recibe otra invitación de ellos para un taller a realizarse en el Crown Plaza todos piensan que es la segunda parte del taller de antropometría y el hombre indicado, el hombre a llamar era yo tanto para darle continuidad al taller anterior como para terminar de “graduarme” como el especialista en Antropometría del equipo de salud y nutrición. Me levanté como a las cinco de la mañana, pues a las 6 y 30 de la mañana tenía que estar en el Starmart donde me iba a pasar trayendo el conductor. Llegué tarde al Crown Plaza, entro al salón y veo que en el Data Show hablaban de las características sociodemográficas de la región central del país haciendo énfasis en la urgencia de delimitar adecuadamente la frontera agrícola, debido a su inclemente desplazamiento. ¿De qué diablos están hablando?¿Dónde están los tallímetros y las balanzas? ¿Alguien ha visto a los antropometristas? ¿Me perdí de algo? Sí, definitivamente, me perdí de mucho. Si no hubiera visto a un par de compañeros de trabajo habría buscado otro auditorio pensando que me había metido en el lugar equivocado. Pronto me di cuenta de todo: formaría parte de un equipo de cinco personas (un guatemalteco, una danesa, una francesa y dos nicas) que iría a hacer grupos focales a Ometepe, Granada, Masaya, San Rafael del Sur y a la Costa Atlántica.

Se fijó la fecha de partida a la Costa Atlántica para el 9 de agosto. Como nos ibamos por aire, debía estar en el Aeropuerto a más tardar a las 5 y 30 de la mañana, por lo que no había otra opción que quedarme en Managua. En nuestra capital hay muchos hoteles que hasta forman parte de exclusivas cadenas internacionales, inclusive ahora hasta un Hilton tenemos, pero mi primera opción para dormir en Managua es la casa de mi tía Vero donde con mi primo Ernesto no falta una improvisada tertulia literaria aderezada con la locuacidad que dan unas buenas cervezas. Mi buen primo me fue a dejar puntualmente al Aeropuerto, a la parte de vuelos nacionales. La francesa y la danesa ya estaban ahí. Maldición! Quería parecer un experto, 10000 millas voladas, muchos aeropuertos conocidos, éste es sólo un vuelo más, esto no es nada para mí. Pero en realidad si lo fue, para comenzar quise tomarle una foto al avioncito, antes de montarme, pero no me atreví para no delatarme, pues tenía que parecer experimentado. ¿Cómo luciría un novato frente a dos ciudadanas de la Unión Europea, que han viajado creo que desde antes de caminar? Pero el cuerpo no entiende de disimulos y me sujetó al asiento con una dosis de adrenalina combinada con una recién descubierta fobia a las alturas, maldición! no pasaba de la primera columna del periódico, mi vista iba de la primera plana a la ventanilla; el periódico a vista entera con zoom y todo, la ventanilla de reojo. ¿Bómar nunca has viajado? ¿Cierto?, ahí estaba Maren Egedorf delatándome, hablándome con un acento que me sonó medio alemán, como de esas películas dobladas de la Segunda Guerra Mundial. Era la líder del equipo y una inteligente danesa con seis meses de embarazo, que vivía en Centroamérica desde hacía diez años. Asentí levemente y dibujó una sonrisa de misericordia en su cara chela de ojos azules con anteojos, descripción común a cualquier danesa.

Llegamos y veo el rótulo fuera del aeropuerto, donde están los taxis: Welkom to Bluffields. Pienso: ¿Y cómo es que estos costeños hablan inglés y escriben mal las palabras? Lo primero que advertí en Bluffields son sus calles angostas y tapizadas no con adoquines o asfalto sino con grandes cuadros de concreto. Nos hospedamos en la zona comercial de la ciudad, cerca del mercado y del puerto. En el muelle se puede tomar una lancha hacia el Bluff, de donde los coreanos sacan camarones en unos barcos destartalados con un aire espectral; que me hicieron pensar en informar a algún ejecutivo de Hollywood que quiera alquilarlos para “El Barco Fantasma II”, si es que deciden hacerla porque la primera es un asco. Pero esos barcos sirven? le preguntó Maren a otra pasajera de lancha? Yes, they have strong motors, la señora prefirió contestar en inglés pues dijo que muchas veces el sólo hecho de hablar de las camaroneras es “meterse en problemas”.

Hay una parte bonita que al menos a mí me recordó a la Isla de Pascua por el montón de estructuras no de piedra sino de concreto y a los cuales les tomé como tres fotos de las pocas que logré tomar con la cámara digital que estaba aprendiendo a manejar. Otro recuerdo grato es una niña negra anunciando una y otra vez, casi sin respirar como si fuera una competencia: “¿Quieren queque de quequisque? ¿Quieren queque de quequisque? Me lo sirvió en un papel y me costó cinco pesos. Lo mejor fue el viaje a Pearl Lagoon, a través de una “carretera” de agua. La “panga rápida” como le llaman salía hasta que se llenaba con 16 pasajeros. Llegamos poco antes de las 8 de la mañana y la panga se llenó casi a las 10 y 30. Para colmo se descompuso y tuvimos que esperar que nos rescataran. Fuimos llegando poco después de la 1 de la tarde, con hambre y con mucha sed. Las viviendas en Pearl Lagoon contrastan con muchos lugares en Nicaragua: muchos profesionales que conozco incluyéndome desearíamos tener una casa de esas; la gran mayoría parecen las casas modelos que salen en la televisión cuando anuncian los préstamos hipotecarios BDF, son construcciones fuertes de concreto y hierro y a decir verdad en poco más de un kilómetro que recorrí sólo ví una casa como la que esperaba fuera la gran mayoría: de tambo, vieja y medio destartalada. En Pearl Lagoon me convencí de la buena calidad del inglés criollo que se habla, porque la danesa (que era trilingue) se comunicó en perfecto inglés con ellos. Definitivamente subestimé el impacto económico generado por las remesas de los trabajadores de los cruceros y olvidé que esta gente nace, crece y vive bilingüe y que por tanto no sólo aspira a trabajos donde se requiere gente bilingüe, sino que los consigue. Como mi amigo Raúl, el cual hasta mi llegada era el único “lagureño” que conocía y por el cual pregunté en cuanto pude. Me dijeron que mi amigo, “el doctor” a como lo conocían estaba en un hospital de Belice ganando más de mil dólares al mes. Me dio la impresión que todos lo conocían y seguro era porque era el primer médico “Made in Pearl Lagoon”. Me di cuenta que “apenas” estábamos a 8 horas de Corn Island en Ferry, que el Direct TV es un factor común a muchas casas, que en el Orinoco hay manatíes, que éstos ocasionalmente eran lastimados por las aspas de los motores de las lanchas de los pescadores provocándoles la muerte, pero sobre todo que entre los negros de allá y los mestizos de acá hay más que tierra y agua de por medio.

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